En recuerdo a aquél cuento de preadolescencia que escribí cuando era casi una niña, "May, (Maite en realidad)".
JOAQUÍN
Joaquín posó sus bellos ojos verdes en mí por última vez aquel 20 de febrero del 2020, no se despidió de mí, no hacía falta, una amistad de más de veinte años sabe hablar sin palabras; solo un breve gesto en el brazo y un "hasta luego May", y crucé el umbral blanco sin mirar atrás. Nunca le ha gustado que le vean llorar, aunque no se corta de hacerlo si su imponente naturaleza se lo dicta; fue una de las cosas que más me llamó la atención de aquel gallardo muchacho de diecinueve años que, cada tarde, iba a recoger a su hermana pequeña de clase de inglés montado en su Harley-Davison; pero a los doce años, una es demasiado niña para comprender la belleza de un hombre joven que no se inhibe al llorar en público.
A mis doce años, Joaquín era mi amor platónico: ¡mi primer gran amor!, siempre permanecerá en mí la impresión de su primera imagen: alto, fuerte (su tiempo de gimnasio le llevaba), con ese moreno playero y esos grande y hermosos ojos verdes... intimidantes aún cuando no pretendían provocar; y esa hermosa sonrisa perfecta que daba luz a su bello rostro. Era Joaquín todo un chulito de barrio por aquel entonces: el líder de su grupo de amigos, ¡el rey de las nenas!; un astuto muchacho juerguista y simpático, siempre frenado por su enorme corazón... Pero decir de Joaquín que era el prototipo de chico exitoso sería faltar a su persona; en primer lugar, porque era demasiado completo y espiritual para que algo así le llenara de felicidad; en segundo, porque no existe ser más inclasificable que Joaquín: un muchacho fan de las pelis de Terminator y Jackie Chan al que le gustaba jugar a muñecas con su hermana pequeña, ¡tan fan de AC/DC como del ballet clásico! ¡Cómo se emocionaba viendo "el lago de los cisnes" moscovita y a su bailarina principal, Irina Vasiliev...!, "el cisne más bello del mundo", la llamaban: ¡su gran amor platónico!; de la que hablaba con la veneración que se rinde a una diosa, (en parte, para rabiarnos a las que estábamos loquitas por él jeje); y por aquellos días también se obsesionaba, ¡¡hasta rabiar!!, con las adivinanzas del filósofo-violinista Genki Tanaka: otro de sus ídolos de carne y hueso, que dirigía ese programa que se hizo tan famoso del que no recuerdo ahora el nombre. Y es que en el joven Joaquín convergían el aplomo y amplitud mental de un hombre sabio, con la inmadurez emocional de un muchachin más joven que él, (o de un desequilibrado mental, cosa que en realidad es). Pero estas rarezas, le hacían más humano y encantador... él es así, necesita sus tiempos y sus espacios, sus paseos en solitario por el monte... Y "en sus tiempos de locura", como decía su hermana Lisenda, era mejor dejarle en paz, pues su orgullo le impedía admitir cualquier "consideración especial"; algunas veces, éstas sucedían en pleno apogeo festivo... Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que le ví llorar: estábamos con sus amigos de fiesta, poniendo a parir a algunos personajes de la generación de "los viejos", cuando le vi como ausente, y al cabo de poco: una lágrima recorriendo su mejilla..."¿qué miras May?, ¿es que tengo monos en la cara?", me dijo antes de que pudiera pronunciar palabra, "no, pero te cae una lágrima", " a mí me cae una lágrima y a tí no, ¡¿y...?!"; Lisenda me dijo algo al oído: "déjale, cuando se pone con sus locuras es mejor dejarle estar", y tras ese día, tardé años en volverle preguntar. A Dios gracias, esto ha cambiado, y ahora solo dice amablemente: "cosas mías, si quiero contarte algo ya te diré"; y muy pocas veces cuenta... ¡Pero es un loco encantador!, sus amigotes le adoraban: su modo de hablar poseía esa picardía astuta pero inocentona que les gusta a los chicos de esa edad, y siempre invitaba a rondas, te cogía por el cuello, !ensalzaba tus logros...!; haciéndonos a todos camaradas... ¡incluidas las chicas!; sustituyendo, en este caso, las bromas groseras con alguna coquetería inocentona. Pues cuidaba mucho de sus amigas, y en especial de su hermana Lisenda y de mí, que éramos las mascotitas del grupo.
Por aquellos días yo empezaba a salir con un chico, Jaime, un niño guapo, listo y bueno; pero mi Joaqui... ¡¡mi Joaqui era, y es, un microcosmos en sí mismo!!
