sábado, 7 de agosto de 2010

CAMBIO



  Éste es el blog del romanticismo y las historias de sentimientos "locos" pero creo que de los tres blogs que tengo abiertos, (el de inquietudes generales, éste y el de relatos y cuentos), a éste corresponde más escribir lo que viene ahora; estoy en época de cambios drásticos en mi vida y me gustaría compartir alguna de las "verdades" que me ha enseñado la vida y creo necesarias para el crecimiento personal (y ganancias de otras clases) de muchas personas, incluida yo. Por supuesto he llegado a ellas por tropiezos o alegrías no por ciencia infusa, aunque algunas de estas cosas todas las sepamos prácticamente desde la niñez:

- Nadie te querrá tanto y durante tanto tiempo como tus padres, a no ser que tengas mucha suerte.

- Maslow tenía razón con su pirámide, no sé si cohincido del todo en su orden, pero si no tienes las necesidades básicas cubiertas es imposible la realización personal.

- La gente sana y que de verdad ama la vida prefiere una vida tranquila y alejada del estrés. El estrés es una de las peores cosas de la vida.

- Un capricho no te cambia nada, pero te saca una sonrisa que ya es buen principio.

- Socialmente eres lo que tienes y/o lo que demuestras, siempre.

- Entregarte por completo a alguien es ponerse en contacto con la Naturaleza. Te personifica.

- No puedes vivir plenamente si no aprendes a quererte antes.

- Las apariencias y la superficialidad sí que importan.

- El amor verdadero es pasión, no sólo en el sexo.

- Comprender o no comprender depende más de querer que de la inteligencia.

- Irte a vivir a otro sitio te da poder y orgullo; y sí, es necesario.

- Hay que guiarse por los sentidos, (por lo que nos hace sentir bien en todos los sentidos), en primer lugar, siempre son más sabios; y luego meditar.

- Estudiar es un regalo que te haces, (esto lo dice siempre abuelita pero tuve que estrellarme para verlo).

- Uno no puede considerarse sabio si no es capaz de entender que cualquiera le puede dar una gran lección.

- Los grandes ideales no se pueden tomar en serio si no quieres terminar estrellado.

- Salir a conocer gente sirve para conocerte a tí mismo.

- Es necesario caer para poderse levantar.

- Cualquier cosa, por ridícula que sea, puede hacerte cambiar por completo.

- Como más mayores nos hacemos más deberíamos de apreciar los cambios positivos y aprender de ellos. De hecho más deberíamos querer cambios en nuestra vida.

- Cuando más te conoces más te desconoces.

- Un abrazo es más profundo que un beso.

- La amistad verdadera es el mayor tesoro que uno puede encontrar.

- El trabajo es lo principal, incluso antes que la salud.

- Como más cultura tienes más material para pensar y llegar a conclusiones interesantes, motivadoras; y sigue la rueda.

- Si vas a crear algo artístico sólo para los demás se volverá en tu contra, tarde o temprano.

- Un miedo continuo a la muerte supone miedo a vivir.

- Nos arrepentimos mucho más de lo que no hicimos que de lo que hemos hecho.

- Lo que más nos pesa no son los años sino el tiempo perdido.

- Cada edad tiene lo suyo: la juventud es conseguir, la madurez cuidar de lo conseguido, la vejez recordar lo conseguido. Invertir el orden no es sólo no regresar sino perderte. Aunque hay tanta gente perdida aparentemente feliz...

- Una experiencia extraña para tu situación te da una buena ración de soledad e incomprensión, pero cuando sales del bache llevas ventaja.

  No recuerdo más. Buenas noches.





viernes, 6 de agosto de 2010

EL REENCUENTRO


  Oigo sus pasos cruzando el estrecho callejón, ahora sube los peldaños, despacito, pero de dos en dos. Pronto estará aquí. ¡Ya está!

  Se ha puesto frente a mí, sólo lo ilumina el claro de luna que se filtra por la única ventana del cuarto. Pero lo veo todo. Sus labios rígidos ceden a la mirada todo el calor de su sexo, de su deseo por mí.

- Y bien, aquí estoy.
- Sí ya lo veo.

  Somos parcos en palabras, no nos llevamos bien, no nos entendemos. Pero necesitamos comernos el uno al otro, respirar el mismo aire; ansío su aroma y ansío su sexo. La boca se me hace agua, aunque nuestros sentimientos, como nuestra conversación, son toscos, desganados. El fuego está dentro, necesita la frialdad para poder actuar, ¡morder, exhalar!,enardecer, sublevar... desvanecer...

  Me acerco a él y le doy un beso. Pero él introduce la lengua y ya no nos separamos. Así, de pié, siento todo su cuerpo quebrar contra el mío. Siento su abrazo; cálido, fuerte, apasionado...

  ¡De repente!, me coge en brazos y me posa sobre la cama. Con suavidad, con dulzura... Contenido, empieza a rozar sus labios por mi cuello. A medida que va bajando sus besos son más intensos; más húmedos...

  Lo cojo por el pelo y lo atraigo hasta mis labios, nos besamos con vehemencia. Le voy quitando la ropa con cierta violencia... Él se deja hacer y sigue discreto, elegante en sus movimientos; pero ya no en su azarosa respiración.

  Ahora soy yo la que se contiene. El espera mi entrega completa, pero no se la ofrezco. Entonces él empieza a desnudarme, despacio. Me adora sin apenas tocar, me repasa con la mirada. ¡Se abalanza sobre mi vientre!, mi cintura...

  Vamos perdiendo la compostura poco a poco...

  Un abrazo más fuerte de lo debido; un lametón que degusta su aroma; sus intrépidas manos moldeando mi figura...

  Ahora llegan los mordiscos, indoloros, se confunden con los labios; me oprime el pecho con sus manos, pellizco sus pezones, duros, me amasa las nalgas... Su fuerte pecho cae sobre mí, ¡siento su vigoroso y jadeante cuerpo restregarse por mi piel!, ¡me atrae hacia sí! Me arrastra con él al otro lado de la cama baja la lengua por mi espalda, ¡por mis muslos...! Ya soy toda suya, ¡sólo suya...!

  Y la razón se escapó por la ventana, sólo existe nuestro amor nuestros cuerpos vibrantes, ¡nuestro vicio...!

  Me penetra... una vez... otra, sube y baja sobre mí, ¡sin descanso...!

  ¡Sí...!

- Basta
- No
- ¡Basta!
- ¡No!
- Te amo
- ¡Te amo!

  ¡Chillo de placer forcejeo me retuerzo!, nuestras miradas se penetran perturbadas de deseo, ¡me muerde...!

  El frenético baile de nuestros cuerpos desnudos, ¡me muero...!

  Y seguimos, ¡seguimos irrefrenables!, ya no es posible el silencio, ¡el placer lo envuelve todo...!

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  Con este ritmo salvaje nos sorprende el gallo.

  Nuestras miradas todavía relumbran por el fuego de la noche. Nos besamos innumerables veces. Sonreimos. Nos abrazamos. Hablamos de tonterías.

  Todo el fin de semana de amor, es lunes y tiene que partir; le han mandado a Melilla por el tema de la llegada de los príncipes, es militar. De todas formas él es de Cartagena. Yo funcionaria, en Valencia.

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  Y, una vez en su ausencia, regresa la larga espera, el fuego perpetuo... su mirada, lejana, clavada en mi mente...





jueves, 5 de agosto de 2010

DOS HOMBRES


  Adriana miró su reloj una y otra vez, más el tiempo seguía inexorable su curso eterno y ella seguía ahí, tirada en la cama con los pies y todo el cuerpo dolorido por sus pensamientos. Por sus sensaciones, por su angustia... Y sobretodo, como era habitual en ella: por sus miedos. Miedo a la soledad miedo al amor, miedo a la vida. Aquella vida que sólo era suya; que sólo quiso que fuera suya, cuando en realidad ya no era así...

  Pero ella seguía, cabezota, en su afán por no sentir lo que ya sentía, en no pensar en lo que ya pensaba... Su rabia era demasiado intensa, su pasado demasiado turbulento para una persona todavía joven, pero sin esperanza.

  Dos amores. Dos oportunidades. Ya no tenía ninguna. La primera fue su compañero de viaje, su segunda alma, su cariño y su admiración. Un día se presentó en su vida sin un porqué, sin que estuviera planeado, de forma casual. Sus miradas tímidas se encontraron y lo dejaron en "amistad"; así fue como se conocieron, como dos niños tímidos y solitarios que desean vivir en un mundo mejor. Un mundo sin envidias ni odios injustificados, un mundo auténtico pero real. Un mundo inexistente.

  Ninguno de los dos se confesó esto nunca: "las cosas que nunca se dicen siempre son las mejores" ("Cosas que nunca se dicen" de Isabel Coixet); hizo falta en ocasiones, sobretodo por ella, pero nunca lo hicieron... Y ahora ya no tendría sentido. Aitor tenía una mirada limpia pero inteligente y profunda, era como un lago en calma con un fondo oscuro. A Adriana le inspiraba una aparente tranquilidad... Sus ojos, esos ojos, jamás los olvidará. Era delgado su apariencia era la del intelectual, con sus gafitas y carita de niño bueno; era el morbo personificado. Aún no siendo su estilo a Adriana le gustó, se sintió atraída sin saber, como una Necesidad.

  Luego vino su mente, esa mente misteriosa e independiente, forjada en la desgracia. El tenía un gran secreto, un secreto que sólo a ella confesó. Un secreto terrible. Ese secreto siempre estuvo presente entre ellos; aunque, realmente, tampoco lo hablaron nunca. Ese secreto fue parte de su aventura de tres años. Tenía algo de niño eterno, algo que quedó estancado, en contraposición con su madurez sentimental. Era extraño, y como ella, poseía aquella inquebrantable fortaleza construida por un ideal y el orgullo de haber sobrevivido por él. La supuesta honra de aquellos seres a los que se les ha negado la juventud... Fué lo que más les unió. Pero esto último, tampoco lo hablaron.

  Su relación, basada en el cariño mutuo, en los silencios, en el misterio, en la necesidad y en la "niñez"... se perdió entre las máscaras de un eterno Carnaval que nunca termina. Y ella sabía que tuvo gran parte de culpa.

  Recordó con la moderación adecuada, enfrentándose de nuevo a esa triste melodía que surgía desde lo más hondo y tierno de su ser: su carita alegre. Recordó aquel autobús a la ciudad de sus sueños junto a su niño; aquella primera tarde en que iban juntos y él le rozó el brazo sensibilizándolo para siempre con su nombre. Su tacto siempre le puso la piel de gallina. Jamás le volvió a pasar. Recordó aquellas tardes tranquilas en casa, aquellas tardes de cine y experimentos culinarios... Recordó aquel corto del niño que era raptado por unos ovnis humanos y la valentía de su hermano mayor que, aún sabiéndolo, fue en su búsqueda.
  Aquella habitación de hotel en Barcelona y el cuadro de la Sagrada Familia, venerado entre jadeo y jadeo. Aquella última tarde en la que se albergaba una pequeña esperanza... El rugir del viento menorquín sobre Monte Toro. El atardecer en el muelle frente a las destartaladas casuchas de los pescadores, la playa solitaria y el susurro amenazante del mar...

  No quería recordar más. Y pasó al segundo hombre: un desconocido. Alguien que conocía sólo de un mes. Algo que empezó como un romance en memoria de todos aquellos momentos románticos perdidos y ya irrecuperables con el primer hombre. Una cosa pasional que sin embargo se manifestó más mental que corpórea. No sabía qué tenía aquel hombre; era bastante malcriado, incluso malo, era extremadamente inteligente y culto; y guapísimo... Ya había conocido hombres así en su juventud, pero había algo más... Algo así como una Necesidad, aquella dichosa Necesidad... Y unas ansias de cuidarle, no sabía muy bien porqué.

  Aquel hombre, ansioso de notoriedad, quiso hacerla su esclava y su amante, tal vez en parte sí la quisiera, pero de un mondo incomprensible, de un modo asqueroso. Ella ya no estaba para relaciones adolescentes. Y sin embargo persistía su recuerdo y aquello que podría llegar a ser en su corazón; pero no en su mente. Pues en el fondo sabía la triste verdad.

  Adriana, una mujer frágil y hermosa, tal vez demasiado... no quería pensar, no quería sentir. Sólo quería sentirse bien y sabía que el camino era largo... Y estaba fuera de aquel cuarto rodeado de cuadros de Friedrich y tapices de su tatarabuela, de los bocetos de almendros en flor y magdalenas rellenas de cacao en una bandeja de Cola-Cao.

  Le dolía todo el cuerpo, pero tenía que hacerlo. Su cabeza estaba bloqueada y necesitaba que volviera a funcionar en algo que sí pudiera soportar. Ahí estaba la puerta. De momento era suficiente.

  Y la Necesidad volvería... pero al menos la pillaría desprevenida, metida de lleno en otros asuntos, asuntos que nada tuvieran que ver con esos dos hombres. Con la sombra de dos fantasmas que dormían con ella, desayunaban con ella y escribían con ella.

  Al final suspiró: al menos había sentido; aunque a destiempo, no estando las agujas en la misma posición. Era un consuelo muy tonto, como tonto había sido todo. Pero sabía que en un futuro tendría esos recuerdos, le quedaba la esperanza de poder recordarlos con una sonrisa, en un futuro... Y futuro era lo único que la motivaba ahora.

  Y el tiempo pasaba... Y el reloj avanzaba.

  Y fue entonces cuando Adriana rompió todos los marcadores de tiempo de su casa barroca y decorada a la antigua usanza. El reloj de cuco del salón; martillazo a su despertador, a su adorado Mx Onda de muñeca y el de barco de la cocina. Todos fallecieron a las 13:30 de un caluroso mediodía de agosto.

  Luego se miró al espejo, su cara seguía siendo bella, su mirada soñadora pero penetrante; cualquiera diría que bajo su dulce aspecto guardara tanta tristeza, frustración y dolor. Cualquiera diría... Salvo ella que sí sabía.

  No obstante, ahí estaba la puerta.

  Y decidió vivir, lo que viniera por vivir. Lo aceptaba, de momento, simplemente. Se dejaría llevar por la corriente. Y en el recuerdo decidió que también viviría. Y en el miedo. Y quizás en "alguna posibilidad"; si realmente merecía la pena, (y su razón le decía que no). El futuro era incierto, en su caso mucho... y no se presentaba alentador. Pero era futuro.

  Esperanza. Así decidió llamarse ese mediodía en su fantasía: se vió a ella misma siendo otra pero con una misma historia y memoria. "Sí me llamaría Esperanza". Oyó el pitido de una bocina y supo que era su hermanito que llegaba de sus vacaciones en la playa.

  De repente se echó a llorar. Pero cuando salió de noche con Mar volvió a tener ganas de bailar y beber. Era algo que le gustaba más hacer con una amiga que con sus hombres; solía ocurrir que no la dejaban ni moverse con libertad.