martes, 14 de julio de 2020

UNA TRAGEDIA GRIEGA PARA MUCHOS


  Un buen día, harta de vejaciones y malos tratos gratuitos, decidió que con un cambio de actitud todo se arreglaría: su niñez rota por los abusos sexuales, su posterior matrimonio tóxico, la muerte temprana de sus negligentes progenitores, y todo su "vida de mierda", en general, se redimiría con la culpa. Si se sentía culpable sabía que todo aquello no habría pasado, en cierto modo, se responsabilizaría de los errores de otros y por lo tanto estaría en su mano "cambiarlos", su desprecio y falta de amor hacia ella serían imaginaciones, no realidades. Una forma necia a la vez que inteligente de no afrontar lo inafrontable, de huir de un dolor que no sabía si podría asumir algún día. Era preferible creer en que poseía una tormentosa forma de ser incompatible con algunos mortales, que asumir el echo de que le habían negado, desde su niñez, el derecho que solo por nacer toda criatura posee: el amor incondicional.

Un trauma o su personalidad eran modificables, y carecía del orgullo tonto de los niños consentidos que sufren por honor o por no salirse con la suya; qué era aquello en comparación con la falta de amor básico... aquel que la sociedad dictamina como fundamental para poder desarrollarte. Era menos doloroso creer que todo podía solucionarse con polvos mágicos, con la varita mágica de su firme voluntad, con cuatro nociones de psicología.

Hasta que la lógica y su amor propio volvieran a imponerse, y de nuevo se viera cara a cara con la realidad.