Pero ella seguía, cabezota, en su afán por no sentir lo que ya sentía, en no pensar en lo que ya pensaba... Su rabia era demasiado intensa, su pasado demasiado turbulento para una persona todavía joven, pero sin esperanza.
Dos amores. Dos oportunidades. Ya no tenía ninguna. La primera fue su compañero de viaje, su segunda alma, su cariño y su admiración. Un día se presentó en su vida sin un porqué, sin que estuviera planeado, de forma casual. Sus miradas tímidas se encontraron y lo dejaron en "amistad"; así fue como se conocieron, como dos niños tímidos y solitarios que desean vivir en un mundo mejor. Un mundo sin envidias ni odios injustificados, un mundo auténtico pero real. Un mundo inexistente.
Ninguno de los dos se confesó esto nunca: "las cosas que nunca se dicen siempre son las mejores" ("Cosas que nunca se dicen" de Isabel Coixet); hizo falta en ocasiones, sobretodo por ella, pero nunca lo hicieron... Y ahora ya no tendría sentido. Aitor tenía una mirada limpia pero inteligente y profunda, era como un lago en calma con un fondo oscuro. A Adriana le inspiraba una aparente tranquilidad... Sus ojos, esos ojos, jamás los olvidará. Era delgado su apariencia era la del intelectual, con sus gafitas y carita de niño bueno; era el morbo personificado. Aún no siendo su estilo a Adriana le gustó, se sintió atraída sin saber, como una Necesidad.
Luego vino su mente, esa mente misteriosa e independiente, forjada en la desgracia. El tenía un gran secreto, un secreto que sólo a ella confesó. Un secreto terrible. Ese secreto siempre estuvo presente entre ellos; aunque, realmente, tampoco lo hablaron nunca. Ese secreto fue parte de su aventura de tres años. Tenía algo de niño eterno, algo que quedó estancado, en contraposición con su madurez sentimental. Era extraño, y como ella, poseía aquella inquebrantable fortaleza construida por un ideal y el orgullo de haber sobrevivido por él. La supuesta honra de aquellos seres a los que se les ha negado la juventud... Fué lo que más les unió. Pero esto último, tampoco lo hablaron.
Su relación, basada en el cariño mutuo, en los silencios, en el misterio, en la necesidad y en la "niñez"... se perdió entre las máscaras de un eterno Carnaval que nunca termina. Y ella sabía que tuvo gran parte de culpa.
Recordó con la moderación adecuada, enfrentándose de nuevo a esa triste melodía que surgía desde lo más hondo y tierno de su ser: su carita alegre. Recordó aquel autobús a la ciudad de sus sueños junto a su niño; aquella primera tarde en que iban juntos y él le rozó el brazo sensibilizándolo para siempre con su nombre. Su tacto siempre le puso la piel de gallina. Jamás le volvió a pasar. Recordó aquellas tardes tranquilas en casa, aquellas tardes de cine y experimentos culinarios... Recordó aquel corto del niño que era raptado por unos ovnis humanos y la valentía de su hermano mayor que, aún sabiéndolo, fue en su búsqueda.
Aquella habitación de hotel en Barcelona y el cuadro de la Sagrada Familia, venerado entre jadeo y jadeo. Aquella última tarde en la que se albergaba una pequeña esperanza... El rugir del viento menorquín sobre Monte Toro. El atardecer en el muelle frente a las destartaladas casuchas de los pescadores, la playa solitaria y el susurro amenazante del mar...
No quería recordar más. Y pasó al segundo hombre: un desconocido. Alguien que conocía sólo de un mes. Algo que empezó como un romance en memoria de todos aquellos momentos románticos perdidos y ya irrecuperables con el primer hombre. Una cosa pasional que sin embargo se manifestó más mental que corpórea. No sabía qué tenía aquel hombre; era bastante malcriado, incluso malo, era extremadamente inteligente y culto; y guapísimo... Ya había conocido hombres así en su juventud, pero había algo más... Algo así como una Necesidad, aquella dichosa Necesidad... Y unas ansias de cuidarle, no sabía muy bien porqué.
Aquel hombre, ansioso de notoriedad, quiso hacerla su esclava y su amante, tal vez en parte sí la quisiera, pero de un mondo incomprensible, de un modo asqueroso. Ella ya no estaba para relaciones adolescentes. Y sin embargo persistía su recuerdo y aquello que podría llegar a ser en su corazón; pero no en su mente. Pues en el fondo sabía la triste verdad.
Adriana, una mujer frágil y hermosa, tal vez demasiado... no quería pensar, no quería sentir. Sólo quería sentirse bien y sabía que el camino era largo... Y estaba fuera de aquel cuarto rodeado de cuadros de Friedrich y tapices de su tatarabuela, de los bocetos de almendros en flor y magdalenas rellenas de cacao en una bandeja de Cola-Cao.
Le dolía todo el cuerpo, pero tenía que hacerlo. Su cabeza estaba bloqueada y necesitaba que volviera a funcionar en algo que sí pudiera soportar. Ahí estaba la puerta. De momento era suficiente.
Y la Necesidad volvería... pero al menos la pillaría desprevenida, metida de lleno en otros asuntos, asuntos que nada tuvieran que ver con esos dos hombres. Con la sombra de dos fantasmas que dormían con ella, desayunaban con ella y escribían con ella.
Al final suspiró: al menos había sentido; aunque a destiempo, no estando las agujas en la misma posición. Era un consuelo muy tonto, como tonto había sido todo. Pero sabía que en un futuro tendría esos recuerdos, le quedaba la esperanza de poder recordarlos con una sonrisa, en un futuro... Y futuro era lo único que la motivaba ahora.
Y el tiempo pasaba... Y el reloj avanzaba.
Y fue entonces cuando Adriana rompió todos los marcadores de tiempo de su casa barroca y decorada a la antigua usanza. El reloj de cuco del salón; martillazo a su despertador, a su adorado Mx Onda de muñeca y el de barco de la cocina. Todos fallecieron a las 13:30 de un caluroso mediodía de agosto.
Luego se miró al espejo, su cara seguía siendo bella, su mirada soñadora pero penetrante; cualquiera diría que bajo su dulce aspecto guardara tanta tristeza, frustración y dolor. Cualquiera diría... Salvo ella que sí sabía.
No obstante, ahí estaba la puerta.
Y decidió vivir, lo que viniera por vivir. Lo aceptaba, de momento, simplemente. Se dejaría llevar por la corriente. Y en el recuerdo decidió que también viviría. Y en el miedo. Y quizás en "alguna posibilidad"; si realmente merecía la pena, (y su razón le decía que no). El futuro era incierto, en su caso mucho... y no se presentaba alentador. Pero era futuro.
Esperanza. Así decidió llamarse ese mediodía en su fantasía: se vió a ella misma siendo otra pero con una misma historia y memoria. "Sí me llamaría Esperanza". Oyó el pitido de una bocina y supo que era su hermanito que llegaba de sus vacaciones en la playa.
De repente se echó a llorar. Pero cuando salió de noche con Mar volvió a tener ganas de bailar y beber. Era algo que le gustaba más hacer con una amiga que con sus hombres; solía ocurrir que no la dejaban ni moverse con libertad.
